Inteligencia emocional

Intervenciones Sistémicas en Organizaciones

Inteligencia emocional

MTFS. Alba Gloria Arias Ibáñez

El psicólogo Peter Salovery de la Universidad de Yale y el profesor John Meyer de la Universidad de New Hampshire acuñaron el término «Inteligencia Emocional» (EQ).

La inteligencia emocional se caracteriza por la autodiferenciación, la conciencia de uno mismo, la empatía, la persistencia o motivación y la destreza social.

La conciencia que tenemos de nosotros mismos fundamenta la inteligencia emocional ya que facilita el autocontrol, y nos permite conocer la diferencia entre nuestras percepciones, pensamientos, sentimientos y deseos. La habilidad de pensar antes de actuar fomenta el equilibrio en las relaciones interpersonales; al entender qué nos pasa podemos analizar los componentes de una experiencia y elegir atinadamente. Las personas que son conscientes de sí mismas hacen conscientes sus heridas inconscientes y entonces pueden responsabilizarse de ellas. La conciencia de las heridas pa­sadas nos permite resistir el impulso de contaminar nuestras rela­ciones presentes con los errores del pasado, con la «vieja basura».

La empatía es otra de las características de la inteligencia emocional, es una cualidad innata moldeada por la experiencia (un ejemplo de esto es que los bebés se alteran cuando escuchan a otro bebé llorar). La empatía es un instinto de supervivencia, así, los niños provenientes de familias abusivas físicamente, por lo general están al pendiente de los estados anímicos de sus padres. La empatía pone un freno a la crueldad humana; la ausencia de empatía es evidente en agresores y golpeadores.

La persistencia es la habilidad de automotivarnos continuamente y parece estar relacionada con el optimismo. Las personas capaces de motivarse tienden a ser optimistas, encuentran el lado positivo de sus errores, y son capaces de crear nuevas alternativas para superar los obstáculos.

La destreza social tiene que ver con el buen manejo de las relaciones interpersonales. Varios estudios de «ejecutivos desca­rriados» (personas prometedoras que fracasaron) demuestran que, aunque eran competentes, fracasaron por ser demasiado ambiciosos, insensibles, autoritarios o rebeldes: por un mal manejo de sus relaciones interpersonales. La destreza social nos permite llevarnos bien con los demás y motivar a otras personas.

 

Daniel Goleman, en su brillante libro, Inteligencia Emocional, reunió una serie de datos que señalan la supremacía de las emociones sobre el pensamiento racional.

Muchas veces sentimos sin pensar, las relaciones laborales más dañinas se originan a partir de respuestas emocionales que dejan de lado al pensamiento. Los miembros de una organización eficaz ejercen control sobre sus emociones e impiden que éstas invadan su razón. Mientras más se reprimen las emociones, más contaminan el pensamiento. La cultura organizacional tradicionalista nos invita a reprimir las emociones dañando así la posibilidad de desarrollar una sólida inteligencia emocional.

 

Las cinco libertades

 

En su libro, Making Contact, la terapeuta Virginia Satir mencio­na cinco libertades, que son:

 

  1. La libertad de ver, oír y percibir lo que es aquí y ahora, y no lo que fue, será o debió ser.
  2. La libertad de pensar lo que uno piensa y no lo que uno debería pensar.
  3. La libertad de sentir lo que uno siente y no lo que debería sentir.
  4. La libertad de preguntar lo que uno quiere, sin esperar permiso.
  5. La libertad de tomar riesgos por uno mismo, sin elegir ir a lo seguro.

 

Estas libertades fomentan la integración, la autoestima, y las potencialidades humanas. Cuando un ser humano se enfrenta al mundo y satisface sus necesidades, su energía se proyecta hacia el exterior y puede experimentar la libertad y manejarse de una manera plenamente funcional.

Las cinco libertades se oponen a cualquier tipo de sistema perfeccionista que mide el valor de la persona juzgándola críticamente.

Instituto Bateson
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